Acampadas, huelga general y elecciones, con Maricarmen

Hay algo nuevo bullendo y burbujeando en esa Coordinadora Juvenil Socialista y en el Sindicato de Inquilinas.

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Enrique Del Teso
Enrique Del Teso
Es filólogo y profesor de la Universidad de Oviedo/Uviéu. Su último libro es "La propaganda de ultraderecha y cómo tratar con ella" (Trea, 2022).

El momento actual español parece hecho de trazos independientes que se resisten a una lectura conjunta, como aquellas pinceladas sueltas de los impresionistas que no delimitaban contornos. Hay restos de cosas pasadas sin conexión aparente con brotes de cosas nuevas. Hay algo nuevo bullendo en esa CJS (Coordinadora Juvenil Socialista), evolución de la Gazte Koordinadora Sozialista, componente del Movimiento Socialista y extendida ya por varias comunidades autónomas. Y algo nuevo burbujea en el Sindicato de Inquilinas. Los dos son el tuétano de las acampadas que representan lo que Maricarmen sintetizó, como pocas veces una persona sintetiza algo: ira y tristeza. En CJS y en el Sindicato de Inquilinas hay doctrina, hay disciplina y hay estrategia. CJS es un movimiento marxista convencido de que el capitalismo siempre lleva a la concentración de riqueza y al empobrecimiento de la mayoría. No sienten ningún interés por ninguna izquierda que gestione el sistema. Sus movilizaciones son sobre temas concretos, conectando cada movilización con un programa político de largo plazo. Sus acciones están ligadas a intereses de la clase trabajadora. El feminismo, ecologismo o derechos LGTBI están entre sus movilizaciones, pero es más visible el componente de clase. El capitalismo produce desigualdad, la desigualdad produce pobreza y sin recursos materiales nadie tiene esa autonomía que llamamos libertad. Resuena el hierro del marxismo histórico.

La unidad de la izquierda ha de ser sobre las cosas. Hay que fijarse en que CCOO y UGT no tienen capacidad para provocar una huelga general. La habrá, pero por la actividad del Sindicato de Inquilinas y de CJS. El aporte de los sindicatos de clase será potente, pero hay que anotar que estos grupos que crecen en silencio pueden provocar una huelga general que arrastre a los sindicatos históricos. A las cosas, decía Ortega y Gasset. A las cosas está siendo esto. Es pronto para decir si está empezando algo, pero no podemos pasar por alto las semejanzas con lo que llevó a grupos de izquierda al poder en Nueva York y en Berlín.

El aporte de los sindicatos de clase será potente, pero hay que anotar que estos grupos que crecen en silencio pueden provocar una huelga general que arrastre a los sindicatos históricos.

Hay otra cosa que debemos anotar. El núcleo organizativo que llevó a Mamdani a la alcaldía de Nueva York fueron Democratic Socialists of America y Working Families Party. La palabra «socialista» en EEUU es una palabra fuerte. Y también la mención directa a la clase trabajadora. Die Linke procede del antiguo partido comunista de la RDA, pero ni es eso ni es socialdemócrata. Es un partido democrático con pretensiones radicales de distribución de riqueza. El aspecto en el que queríamos reparar es en que los movimientos más eficaces para parar la avalancha neofascista son radicales de izquierda. La radicalidad no se percibe como sectarismo, sino como claridad, contraste y actitud del malestar. Algo de eso hay en agraz bullendo en las acampadas. No se trata de pontificar por la radicalidad. Pero sí por la claridad, por el contraste nítido y las líneas rojas y por la movilización, la indignación y el malestar. A veces no fue buen negocio para las oligarquías tener a las mayorías tan frustradas que apetezcan la patada en la mesa contra el sistema en el que les va tan bien.

Elif Eralp, candidata de Die Like en Berlín.

Hay una cosa que sobresale en el Sindicato de Inquilinas. El sindicalismo venía declinando en estos tiempos. El Sindicato de Inquilinas pone al día su esencia: asociarse los débiles que tienen el mismo problema y enfrentarse como grupo con el poderoso que abusa de ellos. Pueden ser trabajadores con empresarios o inquilinos con caseros y fondos buitre.

Sánchez no puede ser parte de todo esto, pero tiene que gestionar su efecto público. Así lo hicieron los sindicatos sumándose a la huelga. El lenguaje de Sánchez da pistas. Dijo el día D que necesitan una mayoría más amplia para enfrentarse «a las élites». Muy rojo eso de las élites. Dijo que va siendo hora de que el Parlamento se parezca a la gente de la calle y no a la gente de los aticazos. Rojo y asambleario. Y habla enfático y airado. Le saldrá bien o no, pero captó lo de la claridad, la confrontación y la ira del malestar. Hay algo en Sánchez que me recuerda a Miguel Induráin. Induráin hizo de todo lo que es aburrido en ciclismo un arte. Recordemos que cuando Podemos 1.0 quería que la gente de la calle rodeara el Congreso, Sánchez pactaba un gobierno neoliberal con Rivera. Ahora está en que el Parlamento se parezca a la calle. No lo digo con acidez. Como Induráin, consigue gracia e impulso de cosas que normalmente son feas. La derecha lo teme y la izquierda debería.

Gabriel Rufián.
Ada Colau en El Manglar. Foto: Tania Gonzalez

Debería, porque siguen ciegos donde Sánchez exhibe olfato. La izquierda necesita lo que estamos diciendo: energía, claridad, contraste, lucha y ser la expresión malestar. Es decir: autoestima. Su numerito actual de yo sí, pero con primarias y yo sí, pero para mí Madrid, desmoraliza y hace del voto izquierdista una obligación de catecismo. Rufián es el mejor para movilizar, dar autoestima y enfrentarse con un enorme olfato comunicativo a las huestes ultras. Colau no da tanto, pero aporta sensación de Frente Amplio. Sumar fue puro gas y no funciona un cambio de nombre sin que el liderazgo insinué confluencia con más cosas. Bustinduy es Sumar y es ministro, malos aperos para cabalgar las acampadas. Pero es bueno, tiene crecederas, sacaría a la izquierda de su modorra, aunque menos que Colau y Rufián. Mónica García es Sumar dividido por dos, sería un error. Irene Montero tiene apoyos movilizados, pero cortos, y genera un rechazo amplio en el espacio electoral de la izquierda. Que otros expliquen por qué, mi trinchera nunca es una fuerza progresista.

La izquierda, PSOE incluido, siguen debatiendo en los marcos que proponen los ultras. No existe privatización de pensiones. Existe eliminación de pensiones. Una pensión privada es una cuenta de ahorro. Que aprendan a decir eliminación donde ellos dicen privatización. No se deben discutir los mensajes enloquecidos ni dejarlos pasar. Hay que ir al portador del mensaje, no al mensaje. Lo hacemos en la vida corriente. Si nos dice un madridista que hay que partirle las piernas a Lamin, nuestro impulso no es decirle lo injusto que sería eso, que sería entrar al mensaje. Nuestro impulso es decirle que es imbécil o que es una mula, que es ir al portador del mensaje. Es lo que hay que hacer cuando un chupón fascista del europarlamento propone hacer la autopsia de Maricarmen buscando veneno. Pero es lo que hay que hacer cuando la que quería agenciarse un ático robando o el señor que quiere quitar la nacionalidad a quien se porte mal nos dice que puede haber puchetazo con el voto por correo. No se discute eso, se les recuerda que los vimos vestidos de bisonte cuando perdió Trump y que los fachas hacen eso siempre que pierden: no aceptar el resultado. Por cierto, ¿quitaría Feijóo la nacionalidad a los narcos? ¿Dejaría apátrida a Marcial Dorado? Pero, como digo, tertulianos y prensa progresista entran siempre en el marco de los ultras. Su lenguaje provocativo sigue consiguiendo que la izquierda se porte como los obispos: escandalizarse y bloquearse. Ayer mismo el lingüista McWhorter analizaba en The New York Times el progresivo deterioro del lenguaje de Trump. El nivel actual es el de increpar a los periodistas por no hacerle ninguna pregunta putamente positiva y decirles que el 3 de noviembre les meterán la victoria republicana a los demócratas por el culo. A ver si la izquierda se entera de cuándo hay que dejar el mensaje y solo hablar de su portador.

Y los ultras a lo suyo: prioridad nacional (dígase prioridad racial, recuerden lo de los marcos), desregulación (la libertad que quieren las bandas) y leña al inmigrante. Estas cosas funcionan con humildes porque dan autoestima y simplifican. Recuerden los progres que los progres de otras latitudes que ganaron lo hicieron con programas de tres o cuatro puntos y es lo que proponen los fachas: tres puntos y a correr. Los tochos para otra ocasión.

Todas estas piezas sin colocar solo admiten un principio de orden conjunto: el que sintetiza el gesto de Maricarmen y su muerte: ira y tristeza. No olvidemos la primera.

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