Provocación y ridículo. Algunos pares de conceptos son de mi gusto y este es uno de ellos. Un señor se sube en la mesa de una terraza veraniega, se baja los pantalones y ante la concurrencia, cogiéndose sus ahora visibles partes, arranca a cantar mi limón mi limonero. ¿Provoca o hace el ridículo? A simple vista parece que hace el ridículo y nos pone a los demás en ese pasillo que comunica la irritación con la vergüenza ajena. Otra cosa es que el sujeto que se coge sus partes vaya vestido de negro, ponga mirada de Donald Sutherland en Novecento y vaya con una panda de muchachotes vestidos de negro festejando con vozarrones la audacia. Entonces los demás se sentirían desafiados y paralizados, se sentirían, sin más, escandalizados por la pérdida de los límites. El tipo no estaría haciendo el ridículo, estaría provocando, todo es cuestión de fuerza y de quién domina la escena. La provocación, como las manifestaciones, es tan virtuosa o canalla como lo sea su causa.
El tabú es la tensión interna por querer hacer o decir algo y sentir pérdida de autoestima y dignidad por hacerlo. Necesitamos tabús. Necesitamos que haya conductas que provoquen sensación interior de humillación. Si no fuera así, habríamos perdido la vergüenza, y un país de sinvergüenzas no es un país mejor. Cuando se reitera la provocación y la ostentación de la desvergüenza, el efecto tabú se debilita y hay gente que hará con desparpajo lo que antes era tabú. Se habrá normalizado en la vida social lo que venía siendo era tabú. Las maneras soeces y desmedidas de los ultras, su provocación enloquecida, el ensuciamiento de la vida pública, tienen el objetivo de normalizar, entre otras, cosas como el racismo.
Necesitamos que haya conductas que provoquen sensación interior de humillación
El racismo, y su hermana la xenofobia, tiene dos rasgos muy queridos para quienes se afanan en llevarnos a un régimen autoritario. Uno es el odio a minorías y otro es el nacionalismo sobreactuado y cutre. El primer rasgo cumple tres funciones. Primero, enciende emociones sobre una identidad simbólica falsamente amenazada (la de varón asediado por feminazis, la de español blanco amenazado por africanos musulmanes, o cualquier otra). Se trata de que sea esa identidad, y no tu sueldo miserable, lo que concentre tu indignación o, aún mejor, que sea el africano el culpable de tu sueldo. Segundo, introduce en la sociedad abusos que no se tolerarían en la población común. Ya vimos hordas impidiendo llevar comida y bebida a gente desamparada («¡los llamaba enemigos!», se asombraba Marlow en una escena similar de El corazón de las tinieblas). No se puede introducir en la sociedad la crueldad que requiere el autoritarismo si primero no se practica en grupos que no importen. Y tercero, los grupos estigmatizados sirven para acusar a cualquiera de complicidad con ellos y así extender el control. Establecida la amenaza de los moros, enardecida la furia contra ellos, la acusación de complicidad con el moro servirá para reprimir a cualquiera. El racismo cumple las funciones del acoso a minorías que necesita el fascismo. Y tenía otro rasgo también apetecido: el nacionalismo sobreactuado y rabioso, que el discrepante sea antipatriota. Me pilló en Valencia la concentración del miércoles contra los moros y contra Sánchez por Dios y por España (ellos dijeron que era por Ceuta, pero la cosa iba de cazar niños y linchar a Sánchez). No eran muchos, pero cuánto Cid Campeador entrando en Valencia, cuánto cruzado recuperando Granada, cuánto bobo envolviéndose con su caspa en la bandera. Y cuánto tonto útil que creyó que esto iba de Ceuta y se juntó con los fachas. El fascismo nunca creció solo con fascistas.

El racismo venía siendo un tabú. Se normaliza con provocacines y exhibiciones continuadas de desvergüenza y desencajando poco a poco los límites de lo «decible». Ladran que Montero se la chupa a Iglesias. Se ahorcan muñecos de Sánchez y se incita a la violencia contra él. Trump quiere un resort de lujo sobre los huesos de los niños de Gaza, Bukele muestra tratos degradados en prisiones infames, Marcos Quinto va a Ceuta en yate exhibiendo una mariscada y Vivas le obsequia con una cena, mientras se impide el sustento a quienes sobreviven en las playas ceutíes. La zafiedad de las derechas (y solo de ellas) induce la degradación en la que se normaliza el tabú. Pagamos a Marruecos para que maltrate donde no los veamos a quienes huyen de África y aquí los machitos ultras desvarían invasiones. El racismo prende porque da autoestima. Aparecen gallitos, mantoncitos de recreo, que hinchan el pecho delirando que defienden a España de los moros. Se agavillan en barrios gallitos que se camuflan de asociaciones de vecinos con temas sociales, pero siempre con la exclusión y odio racista como verdadero elemento movilizador, siempre con los bulos ultras de pagas imaginarias al inmigrante mientras malviven nuestras abuelas y siempre atribuyéndoles drogas, violaciones y otros desvaríos. Estos fachas son boquitas piando, hambrientas de atención. Menudean por Madrid («Hortaleza se defiende», se hacen llamar unos bobos), Barcelona y Valencia. Vimos aquí la charlotada de revocar decisiones sociales en La Florida y antes en el Natahoyo, y La Calzada en ciernes. Al haber manifestaciones ultras, los temas se hacen «conflictivos» y la autoridad recula para que los gallitos no acosen a los niños. Así se normaliza el fascismo. Si unos gallitos descerebrados rugen odio y furia racial, la autoridad debe aplicar el estado de derecho: tratar las manifestaciones como manifestaciones y, cuando pasen a ser acoso y por tanto violencia, aplicar el estado de derecho: ley, policía y jueces. Qué es lo que no entienden.
Las burdas maneras de las derechas no solo son sucias, son la vía para normalizar la barbarie que venía siendo tabú. Hubo quien vio a Milei como maese Pérez en el ridículo de la selección argentina de fútbol de darse la vuelta en la condecoración de España. El mal destiñe. El episodio de Ceuta hizo aquí bajar las aguas de la decencia tanto, que se hicieron visibles y esparcieron su hedor lodos como Aznar y otras momias. La situación indignó a la gente y hay dos cosas que el Gobierno no puede hacer: desafinar con el estado emocional del pueblo y desconcertar a los tuyos. Lo primero requiere claridad, brevedad y contundencia. España fue atacada, eso fue lo primero que dijo Sánchez. Repítase. No se va a entrar en conflicto con Marruecos sin pruebas, y habrá consecuencias contundentes si las hay, y algunas asoman. Dígase. Las derechas utilizan Ceuta para introducir el racismo explícito en nuestra vida pública, quieren que la gente deje en paz los impuestos que no paga Florentino Pérez y la atención sanitaria que pierde y se pongan todos a cazar moros. Dígase así, con contundencia, que se note una mano en el timón. Lo segundo, el desconcierto de los propios, tiene la misma medicina: claridad y contundencia. Hay olas tan grandes que tapan cualquier oleaje menor que ellas. Rufián advirtió con acierto al Gobierno que nadie percibirá que mejoraron el salario mínimo y los derechos de los trabajadores mientras la ola de la vivienda lo tape. La ola de Ceuta lo tapa todo, hasta la sagrada diferencia entre las derechas contra las mayorías y las izquierdas con las mayorías. Por eso hay que hablar claro, alto, contundente, con hierro, señalando y con los puños apretados. El Papa hace poco consiguió un aplauso unánime en el Congreso. Mala señal. En política no dices nada si no estás molestando a alguien y dices mucho si irritas a algunos. De hecho, dice mucho de ti a quién irrites. Solo se sobresale de la ola siendo reconocible y constante. Eso significa que un día o una hora te tapará la ola, pero acabarás siendo lo que sobresale. Ahora se requiere que el Presidente señale la maldad de Marruecos, la cortedad de la UE y el racismo fascista. Y que no le duelan prendas en irritarlos con buenismos y repetir sobre esos desamparados africanos lo que decía Marlow: «aquellos hombres no podían, ni aunque se forzara la imaginación, ser llamados enemigos». Siendo reconocibles, volvemos al tono social en que el racismo vuelva a ser tabú y ridículo y se quiebre la autoestima de tanto cruzado bobo como anda «defendiendo» su barrio.



























