«¿De dónde te viene tu pasión por desaparecer?». Con esta paradójica pregunta empieza Doctor Pasavento, de Enrique Vila-Matas. Tener pasión por algo insinúa que hay algo que nos gusta hacer muchas veces. La desaparición novelada por Vila-Matas es un suceso definitivo, es el desvanecimiento sin pistas. Es contradictorio tener afición a desaparecer para siempre. La desaparición de Vila-Matas es el abandono en la soledad y el silencio. Pero hay una experiencia de desaparición basada en lo contrario, que se puede repetir y sí puede ser una afición. La vivimos muchos el día del Mundial. Para bien y para mal, el individuo piensa, pero las masas no, y todos somos las dos cosas. Sabemos que una emoción intensa, positiva o negativa, anula la razón. Cuando compartimos ese pico emocional con mucha gente en el mismo momento, se produce una especie de reverberación que nos hace masa, hay algo colectivo que nos traga y dejamos de ser el individuo que éramos para ser una pieza de otra cosa. Es mala la masificación cuando hay un incendio, por eso nos entrenamos en simulacros. Pero la buscamos cuando vamos a conciertos estridentes de rock, nos juntamos en una plaza para oír las campanadas de fin de año con matasuegras y copa, nos apelotonamos en una manifestación o cuando guardamos un minuto de silencio. Es distinta de la desaparición en soledad narrada por Vila-Matas. Puede ser gozoso desaparecer por un rato disolviéndonos en la comunión enardecida de una multitud. Es una desconexión de todo lo que no sea el asunto que nos masifica (justicia social, frenéticos decibelios rockeros, el cambio de año). Así fue la final del Mundial. Incluso en casa, con los sonidos futboleros flotando por la ciudad, fuimos desapareciendo gozosamente engullidos en la inflamación de la euforia futbolera colectiva. Fue bello, unos futbolistas en colmena habían realizado ejecuciones sencillas tan rápidas y coordinadas, que su acumulación había tejido una vistosa maquinaria a la vez contundente y de buen gusto.
Parecía que el toldo de una carpa gigante nos cobijaba con una extraña sensación de comunión nacional. De «unidad», les gusta decir a quienes tienen tribuna. Estando yo en Massachusetts, cuando ganó Clinton las elecciones, preguntaba un colega a una profesora de allí que por qué hablaban en campaña tan insistentemente de los valores familiares, si los americanos no los tenían. «Por eso», dijo ella. Será por eso también nuestro gusto por soltar la palabra «unidad». La Roja lograba con el fútbol lo que no se lograba con ninguna otra cosa: unidad. Y ciertamente el toldo nos cubrió a todos por unas horas, pero con bultos moviéndose y con las costuras algo tensas. La bandera nacional y la propia palabra «España» suenan bien y se agitan con alegría en el entorno futbolero pero son pieles de plátano que nos hacen resbalar hacia malos contrabandos ya fuera del fútbol. La primera etapa del resbalón, muy viva cuando la bandera y España siguen en el entorno del fútbol, es la del mal gusto. Todos los nacionalismos de cualquier sitio tienen manifestaciones de patrioterismo cutre. En España cuajó un sentido figurado peculiar de las palabras caspa y casposo. El DRAE dice que el casposo es un sujeto anticuado y desfasado. Pero no es eso. Afina más la página Coloquialmente, que se presenta como glosario español de andar por casa. Dice que casposo es «alguien de mentalidad rancia, retrógrada, pacata o carpetovetónica, apegado a tópicos fáciles, prejuicios (a menudo machistas o clasistas) y a una idea de España semianalfabeta anclada en lo peor de sus tradiciones». Por ahí va la cosa. Hay que añadir un detalle. El casposo no solo es rancio y carpetovetónico, sino que hace ostentación ruidosa y orgullosa de esa condición, porque percibe su ranciedad como «autenticidad» orgullosa, frente a melindres cultos y moderneces, la brutal franqueza del castellano viejo que atormentaba a Larra. Las expresiones del inglés fusty o fuddy-duddy no cogen todo el matiz, porque el toque rancio y prejuicioso del casposo hay que anclarlo en esa desdichada versión garrula y analfabeta de España. «Rojo, amarillo, colores que brillan en mi corazón, y no pido perdón. Grande España, a Dios le doy las gracias por nacer aquí». Así es la versión casposa del himno nacional de Marta Sánchez. En las albricias del Mundial padecimos el Que viva España de Manolo Escobar hasta el empalago. El estribillo, y más las estrofas, me producen bochorno, no por alabar a España, sino por enterrar su nombre en la caspa de topicazos carpetovetónicos. Como Marta Sánchez, no pido perdón.
Y desde ese patriotismo cutre, el resbalón puede llevar directamente al racismo y la xenofobia, a imaginar una patria amenazada por gente de acentos raros y tonos de piel oscuros.
Cuando se alarga más el patinazo de pisar nuestra resbaladiza bandera y el nombre de España, cuando ya la bandera y España no están a la vista del fútbol, pasamos del mal gusto con tufo reaccionario, al corazón de la ideología reaccionaria. Algo se vio todavía en el jolgorio (Make Spain Great Again, por Dios). España y bandera se sobreactúan siempre contra compatriotas. El delirio de defender a España consiste en defenderla de los españoles, así los delirantes sean futbolistas o jueces. El enardecimiento por España acaba en la piel de plátano que nos hace resbalar de España a alguna de las metástasis del fascismo. Como dije, algún bulto se movió bajo el toldo de la carpa.
Y desde ese patriotismo cutre, el resbalón puede llevar directamente al racismo y la xenofobia, a imaginar una patria amenazada por gente de acentos raros y tonos de piel oscuros. Gente pobre, claro. A los de tono oscuro e islámicos de Marbella con grandes yates los ultras les hacen reverencias, como a los demás ricos. Andan pregonando el apartheid, esa prioridad racial cutre a la que llaman prioridad nacional. No es raza, es arraigo lo que priorizan, dicen. Ya lo habían dicho en los años veinte en Italia y en los treinta en Alemania. La propaganda racista tiene la ventaja de que da autoestima, no hay imbécil que no se sienta bien cuando le dicen que hay que protegerse de los de fuera y mantener no sé qué esencia propia. Es como si les pusieran un brazalete. Ese momento del Mundial queda lejos.
Es curioso este derroche de prioridad racial justo ahora. Deberían mirar al norte. Alemania está en una crisis compleja y está demasiado cerca del frente con Rusia. Habrá elecciones en septiembre en el Lander de Sajonia-Anhalt. Habrá una campaña electoral en la que el ultraderechista AfD esparcirá algunas lindezas sobre España. Según recuerda Juliana, el 51% de los jubilados alemanes tiene vivienda en propiedad, frente al 85% de los jubilados españoles. Nuestras pensiones se actualizan con el IPC, allí van a sufrir un hachazo. Dirá AfD que Alemania paga y España disfruta. Los españoles están siendo aludidos en la lista de inmigrantes que disparan la delincuencia en Alemania. Y el AfD puede ganar en Sajonia. El ultraderechista SD sueco dice algo parecido. Allí se centran más en la renta básica universal, un dinero que España paga a la gente por no hacer nada, a costa de los impuestos suecos. Dicen que el sur está siempre en deuda y no tiene disciplina fiscal y que se aprovechan de los disciplinados nórdicos. Como los fachas de aquí, no introducen expresiones directamente raciales. Dicen cosas racionales (falsas o distorsionadas), pero en realidad agitan algo más leve que el racismo, pero de más calado social y que es su antesala: el estereotipo, ese relámpago que se dispara apenas se pone el dedo en el mapa. El norte protestante, trabajador y disciplinado cargando con el sur perezoso, bullanguero y vividor que no sabe gestionar sus finanzas. Engrasan su discurso con las desmesuras con que el consorcio PP–Vox llenan la vida pública (esos corruptos amigos de los socialdemócratas). Por supuesto, el consorcio PP–Vox, entre España y las oligarquías económicas de las que son perro guardián, están con los suyos. Dejémoslo ahí y pensemos en las inflamaciones patrióticas y los desvaríos de la prioridad racial. Es difícil explicar a un tonto lo tonto que es, porque va en su condición de tonto no entenderlo. Los demás deberíamos ver lo que hay. Ahora mismo, cuando las fuerzas emergentes del norte nos miran, ven MENAs que delinquen y gastan su dinero, el que quitan a sus jubilados y sus abuelas.



























